Cuando el circo estaba en pleno auge y el público aclamaba las habilidades de los acróbatas y el coraje de los domadores noche tras noche, los payasos eran el alma del espectáculo haciendo reír tanto a niños como adultos.
Ahora ya no quedan malabaristas, ni acróbatas, ni magia, ni mozos de pista, sólo estos dos payasos y una herencia circense dentro de una caja. Día tras día pueblo tras pueblo, intentan, con esfuerzo, mantener la tradición familiar. A veces con éxito, otras con catastrófico resultado. En cualquier caso no tirarán la toalla hasta conseguir su propósito:  ¡la carcajada del público!